Rafa Larreina

Políticamente incorrecto, probablemente inoportuno

Nací en Vitoria-Gasteiz en 1956. Estudié Económicas en la Universidad del País Vasco, PLGP2007 del IESE. He sido Diputado de AMAIUR en el Congreso durante la xª legislatura (2011-2015), coalición de la que forma parte mi partido: Eusko Alkartasuna. Leer más.






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20/12/2017

El número especial de la revista Alkartasuna, publicado con ocasión del 30 aniversario del Partido, en el mes de septiembre de este año, recogía en euskera este artículo que escribí repasando la historia de estos años pasados y haciendo una reflexión que relaciona la situación actual tras el desarme de ETA con el proceso del Acuerdo de Lizarra.

Aquí lo podéis leer en castellano.

 

EL DESARME DESDE LA PERSPECTIVA DEL ACUERDO DE LIZARRA

Estamos viviendo unos días en los que en los medios de comunicación abundan en demasía términos como histórico o vencedores y/o vencidos, alrededor de los acontecimientos vinculados al desarme de ETA. Soy de los que piensan que detrás del ruido de estos días es bueno tanto desmitificar un poco los términos, como aprovechar para reflexionar sobre el antes, durante y después del momento vivido. Indudablemente se trata de un momento histórico pues, como todos los sucesos o acontecimientos, se produce en la historia y, sobre todo, es fruto de la historia como proceso. El desarme, que sin duda -como a la mayoría de la población vasca- nos hubiera gustado que se hubiese producido antes, es consecuencia de las acciones e inacciones de unos y otros a lo largo de muchos años y de la obsesión de muchos por plantear la solución al conflicto en los términos militaristas de vencedores y vencidos.

En Eusko Alkartasuna siempre hemos defendido, porque siempre lo hemos tenido claro, que los conflictos políticos sólo se pueden resolver por vías políticas, en base al dialogo democrático, y que para la resolución definitiva es más importante y eficaz convencer que vencer. Y en relación a nuestro País, Euskal Herria, siempre hemos mantenido que el conflicto político histórico de fondo era previo e independiente de la actividad de ETA y que su solución pasaba por el reconocimiento del derecho de la ciudadanía vasca a decidir su propio futuro de forma democrática y pacífica. Por otro lado, siempre hemos mantenido que el conflicto violento, fruto de la actividad armada de ETA y el Estado, constituía un obstáculo insalvable para la resolución del Conflicto Político de fondo, a la vez que era el mejor instrumento que tenía el Estado para evitar que la sociedad vasca pudiese ejercer su derecho democrático a decidir su propio futuro.

Desde nuestro nacimiento como partido, Eusko Alkartasuna subrayamos que había dos conflictos  diferentes, y que la resolución del conflicto político histórico de fondo solo podría venir a través de vías democráticas y con la participación de la sociedad vasca y sus representantes legítimos. Tras el fracaso de las conversaciones de Argel -que se habían planteado en base al esquema del llamado “empate infinito” entre ETA y el Estado, y a la mezcla de los dos conflictos que debían resolver entre ambos- empieza a emerger la necesidad de que la sociedad civil a través de sus fuerzas políticas, sindicales y sociales se implique directamente en la tarea de generar las condiciones necesarias para lograr la paz y abordar la resolución del conflicto político de fondo. La Conferencia de Paz que se celebró en el Hotel Carlton en 1995, organizada por Elkarri, fue una primera plasmación de esa nueva etapa que se abría. A pesar del aparente fracaso de aquella Conferencia, quienes participamos en nombre de EA atisbamos, quizás por primera vez, que era posible el fin de la violencia y el compromiso de abordar la resolución del Conflicto político de fondo por vías exclusivamente políticas y democráticas.

A partir de esa Conferencia desde EA nos implicamos especialmente en esa tarea de “convencer” a “tirios y troyanos” de la necesidad de poner fin a la actividad armada por un lado, y comenzar a dialogar y poner las bases para una resolución democrática del conflicto político por otro. Los años 1997 y 1998 fueron testigos de cerca de un centenar de reuniones con organizaciones políticas, sociales sindicales y también contactos ETA. Mantuvimos intensas reuniones entre PNV, PSE-EE y EA en la antigua sede de Euskadiko Ezkerra en Zarautz que aunque no llegaron a buen término, pues se cruzó por el camino el giro estratégico que impulsó Nicolás Redondo que acabó por la salida del PSE-EE del Gobierno Vasco y el comienzo del frente españolista con Mayor Oreja y el PP, si creo que sembraron las bases que más de una década después permitió a Jesús Egiguren abordar el diálogo con Arnaldo Otegi. En paralelo el proceso Irlandés que supuso el alto el fuego y el fin de la actividad armada del IRA se constituyó en un referente importante en Euskal Herria con la puesta en marcha del Foro de Irlanda en la primavera de 1998 con el fin de aprender y suscitar iniciativas propias en nuestro País. En este foro, en el que participaban personas de amplios ámbitos de la sociedad -partidos políticos abertzales y no abertzales, organizaciones sindicales y sociales muy diversas-, empezaron a surgir reflexiones que buscaban suscitar puntos de acuerdo amplios. Paralelamente seguían los contactos y reuniones con organizaciones políticas y sindicales. De estos dos ámbitos surgió el Acuerdo de Lizarra que se firmó, por parte de nueve partidos políticos, ocho organizaciones sindicales y 22 organizaciones sociales, el 12 de septiembre de 1998 en la localidad Navarra que daba nombre al acuerdo.

Su contenido, a partir de los factores propiciadores del acuerdo de Paz en Irlanda del Norte, planteaba su potencial aplicación para Euskal Herria, abordando la cuestión de la territorialidad, el sujeto de decisión y la soberanía política, como núcleo de las cuestiones fundamentales a resolver a través de un proceso de diálogo y negociación abierto, sin exclusiones respecto a los  agentes implicados y con la intervención de la sociedad vaca en su conjunto, señalándose que en la fase resolutoria el proceso de negociación se realizaría en unas condiciones de ausencia permanente de todas las expresiones de violencia del conflicto.

Las expectativas y la ilusión que suscitó este acuerdo alcanzaron su culmen cuando a los pocos días ETA anunciaba una tregua indefinida a partir del 18 de septiembre. Indudablemente se abría una nueva etapa con un nuevo planteamiento en el que los elementos fundamentales eran dar la palabra y la decisión a la sociedad vasca, dialogo abierto y sin exclusiones entre los agentes políticos y sociales, así como la renuncia a utilizar la violencia para imponer objetivos políticos. Este giro histórico a la hora de abordar la cuestión de fondo suscitó una honda preocupación en el “establishment” nacionalista español que, tras los primeros contactos entre el Gobierno Aznar y ETA, empezó a mover sus hilos ante lo que ellos calificaban como importante amenaza política a su concepción de la unidad de España; como subrayaría Mayor Oreja en algunos medios de comunicación, para el “establishment” lo preocupante no era ETA sino el día después de ETA el proyecto soberanista vasco. Con este planteamiento del nacionalismo excluyente español y la inercia de la cultura militarista de ETA fueron surgiendo obstáculos y dificultades que dieron al traste con esa fase del proceso de paz con el anuncio de la ruptura de la tregua el 28 de noviembre de 1999.

Sin embargo se había abierto un camino que posibilitaría en el futuro aumentar el número de las personas convencidas de que los conflictos políticos solo se puede resolver por vías políticas democráticas y con la implicación de la sociedad civil; y este aumento progresivo es el que ha posibilitado la conformación del polo soberanista que siempre propugnamos desde EA. Hubo un primer intento que tuvo su conato con el PNV y el llamado Plan Ibarretxe, que fracasó por el giro autonomista jeltzale. Y comenzó a hacerse realidad con el acuerdo “Lortu arte” entre EA y la izquierda abertzale tradicional que nos ha traído al actual escenario de fin de la actividad armada de ETA.

Los acontecimientos acaecidos en Baiona alrededor del “Desarme” demuestran que el camino emprendido en Lizarra dando protagonismo a la sociedad civil y a la mayoría social y sindical vasca que apuesta por las vías exclusivamente políticas y democráticas tiene una potencialidad que no podrán anular los inmovilismos de los Estados español y francés ni sus rancios “establishment”. La materialización del desarme con el apoyo de las instituciones de Euskal Herria -Comunidad Autónoma del País Vasco, Comunidad Foral de Navarra y Mancomunidad Única de Iparralde-, a pesar del Gobierno español, es la prueba palmaria de que se ha abierto una vía en la que la voz, la palabra y la decisión de la ciudadanía vasca a través de su representación legitima y el conjunto de la sociedad civil vasca, van a marcar el futuro de Euskal Herria.

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